domingo, 23 de diciembre de 2012

Recuérdeme el dolor.

La miraba sin descanso, repasaba su silueta cautiva de la sábana, giraba su cuello de fina piel, su aliento dulce que alimentaba mi alma, sus ojos tiernos, su maldito conjunto. Me deslizaba con ella por cualquier pasaje que algún día sobrevoló mi mente. Recuerdo que reíamos, llorábamos; sentíamos siempre intensos, sus caderas más anchas que mi alma, más estrechas que el universo me enloquecieron. Y acabaron por destrozarme. ¿Y de qué sirvió? Te fuiste con la mirada posada en el futuro, en romper otro corazón; pero sirvió para que hoy, cuando vuelva a intentar dibujar tu contorno en aquel testigo directo que fue el colchón, me arranques del alma una leve sonrisa. Sin duda lo que más me duele es tener que alimentar al pasado mientras el amor se muere de hambre.

lunes, 12 de noviembre de 2012

El tiempo es nunca.

El tiempo siempre tan relativo se me hizo eterno y allí, en medio de una nada invisible, mi esperanza envejeció.
Nunca supe ni sabré lo que podría haber pasado en esos instantes tan distintos. Nunca conoceré si hice lo correcto. Pero con voz queda, con un pequeño atisbo de tristeza y más bien pocas conjeturas esbozo, quizá con socarronería, quizá intentando ocultar una marea revuelta de intersecciones entre alma y razón un «Adiós para siempre» que curiosamente escapará a la nada. Pues nada terminó por pasar.

“El tiempo de engañar a los hombres se acaba.” — Pedro I. Emperador de Brasil.

domingo, 23 de septiembre de 2012

El Yo de sin tí.

Mientras te recuerdo en este insomio insoportable que me ataca cada día. Arrancándome de soñar contigo para pensar en si hice mal en atreverme. Pensando en aquel día en que la poca sombra que quedaba se esfumó sin dejar ni rastro de mí. Pues mi alma marchó contigo. No hay remedio para este mortificado, que sentado sobre la cama recoge recuerdos que a veces le emocionan y otras le enrabian. Es frustante pensar en tí. Sí. Es frustrante no poder quemarte en mi mente como fotos que se derriten a trozos en la chimenea que encendí y que combustiona mi alma. Ya no recuerdo tu figura. Se me han olvidado los tonos de tu susurro. Pero jamás podré olvidarte. Porque el yo de sin tí se alimenta de verte cada día como el último, como el primero. Aunque solo sea un leve recuerdo de lo que jamás pudimos vivir. Y ahora bien, dime: ¿Por que me quedé aquí sólo? ¿Dónde estás?

jueves, 23 de agosto de 2012

Creía.

Pensé que me quería. Pobre iluso pensé luego. Y tras tanto pensar, inundado en un mar de ideas que rebotaban en mi alma, llegué a una conclusión. A dos. Yo era demasiado poco para aquella musa. Ella era demasiado para mí. Pero nunca llegaría a saber lo que podía ofrecerle. Y eso me atormenta, y debería atormentarla. No le atormenta. El simple hecho, de que posiblemente se olvide de mí tras un minuto ya me punza el corazón. Quizá no haya pensado en mí ni ese minuto. Y si de parara a pensarme, a lo mejor encuentra esa, anulada de antemano, posibilidad de que la sorprenda. Pero nunca lo sabré, y eso duele.

    Y ya lo dijo Zenit: "No puedo competir con él, porque el tiene moto, pero el no puede como yo, ofrecerte el cielo."

jueves, 7 de junio de 2012

Una breve reflexión.


Y es que hoy no narro nada en absoluto y escribo en mi nombre, y en nombre de muchos. Este es mi Blog y puedo hacer lo que me plazca, por tanto hoy hablaré de nosotros, de los pocos que quedamos.

¿Quiénes somos nosotros? Somos aquellos que aún creemos que el amor es algo que existe y perdura, que el romanticismo es su más sentida explicación en un mundo que aún hoy no ha encontrado las palabras para definirlo y que nunca las alcanzará, pues el amor es diferente para todos e igual al mismo tiempo, pero no, no estoy aquí para debatir que es el amor sino para ponerme en defensa de todos los que pensamos, que en algún rincón del mundo existe aquella persona con la que levantarse cada mañana y plantearle tu mejor sonrisa. Muchos dicen que ha muerto y yo digo que sí, que ha muerto, que lo ha matado la sociedad materialista en la que convivimos hoy, esa sociedad que no piensa en otra cosa. Pero nosotros no estamos muertos, no, nosotros estamos en este mundo cada día intentando resucitarlo con la esperanza total de conseguirlo, aún sin haber obtenido nada todavía, sabiendo que en este momento, si alguien siente el amor de verdad, a su manera, estará orgulloso de leer esto. O eso espero.


   

domingo, 3 de junio de 2012

Promesas.

La calle era angosta, oscura, y podía percatarme del abrigo de miradas que me inundaban sin pudor alguno. Estaba allí por ella. Por la promesa que hizo. Por la promesa que hice. El tiempo parecía no transcurrir nunca. Confuso por no saber si ella llegaba tarde o si yo estaba allí muy pronto. Esperé una eternidad de minutos, infinidad de segundos que invadían mi alma de nerviosismo puro. Ella nunca llegó. Caían los primeros rayos del alba sobre mi más sentida tristeza, cuando destrozado por aquella promesa que había sido destrozada, encontré en el vestíbulo una epístola que rezaba: "Siento que no pueda ser así". No comprendía nada, con la mano trémula alcancé la carta y la leí.
       "Como habrás descubierto, no llegué a esa cita que tanto deseabas, por favor, todo he de explicártelo, pero debe ser en la parada del tren, pues me voy. No sin antes despedirme. Ven. Juro que estaré allí"
¿Podía fiarme de nuevo? Ya había soportado el primer envite y no quería ser víctima de otro embeleco como el que había sufrido. Pero no era la razón la que en ese momento dictaba mis actos. Aún con lágrimas de rabia en los ojos salí hacia la estación. Llegué jadeando, al borde de la asfixia. Postrada en aquel banco vi como su lacio pelo refulgía en aquella soleada tarde. La llamé con un sutil toque en el hombro. Se levantó y me miró. Sus ojos expresaban un miedo infundado. En un principio me trató de forma foránea. Luego me miró fijamente, con fuerza y comenzó:
-Tienes que dejar de quererme.
Esbocé una sonrisa.
-No se puede hacer eso...
-¿No te das cuenta? Me voy.
-Adónde. Si me lo dijeras podría acompañarte.
-El sitio al que voy no es el tuyo.
-Dime por qué te vas. -Suplicaba una explicación que no conseguía.
-No eres tú, es todo. Es la vida. Estoy cansada de ella. Quiero cambiar.
-Déjame cambiar contigo. -Mis súplicas comenzaban a convertirse en rabia.
-Deja de quererme, es todo. Me voy. -Un tren silbaba a lo lejos. -No me sigas hasta ese tren. Haz que desaparezca de tu mente.
-No, yo no quiero eso.
-Lo siento... -La lágrima que al final no pudo contener corría su maquillaje. -Adiós.
Me besó y emprendió el camino hasta el tren. Me quedé petrificado, viendo como se esfumaba. El tren no frenaba hasta unos metros después, pero ella no se detuvo a esperarlo, se arrojó a las vías y subió a un tren que sólo ella supo a dónde le llevaba. Un sitio que jamás en mi vida podría descifrar.
               "Juré que nunca la olvidaría, y lo prometido, es deuda"
                        

miércoles, 23 de mayo de 2012

Náufrago del sentimiento.

Gritando en voz baja, como podía, yacía postrada en aquella cama en la que finalmente sucumbiría al destino. La mirada se tornaba fría, se me hacía insoportable observar su desvanecimiento. Pensaba, para darme un pequeño ánimo que por lo menos estaría allí cuando todo terminase.

-¿Qué crees que habrá tras esto?-pregunté con la voz cortada y un nudo de lágrimas en la garganta.

-No me creo nada, tan sólo espero que sea sueño y placidez eterna. Pero lo más importante es, ¿Qué harás tú?

-¿Yo? Yo no puedo hacer nada, soy un náufrago.

-¿Un náufrago?

-Un náufrago del sentimiento. Tu te vas, a mi ya no me queda nada, éramos tu y yo.

-Pero para tí aún hay camino libre.

-Eso es erróneo, nuestra relación, tal y como está, siendo en este momento una conversación fría, pero cargada de amor, explica perfectamente que nuestra relación nos ha hecho uno, formado por dos. Otro, sin embargo, podría haberse asustado examinando lo que podía claudicar el destino. Te hubiera abandonado. Para mí eso ha sido imposible, porque me siento incapaz de abandonarme a mi mismo o a algo que forme parte de mi, no en cuerpo, sino en espíritu. Por lo tanto, si mueres, muere parte de mí. Parte de mis sentimientos naufragarían en el vacío de mi ser y todo de lo que me alegro en este espacio de tiempo al que llamamos vida, estaría hundido en tu muerte.

Su mano constriñó la mía, en un último soplo de vida. En realidad el óbito se había producido unos minutos antes, su rostro era ya inexpresivo. Sólo me queda el consuelo de que murió en mis brazos.

Cómo dijo Joaquín Sabina: "Porque el amor cuando no muere mata; porque amores que matan, nunca mueren."