domingo, 23 de septiembre de 2012

El Yo de sin tí.

Mientras te recuerdo en este insomio insoportable que me ataca cada día. Arrancándome de soñar contigo para pensar en si hice mal en atreverme. Pensando en aquel día en que la poca sombra que quedaba se esfumó sin dejar ni rastro de mí. Pues mi alma marchó contigo. No hay remedio para este mortificado, que sentado sobre la cama recoge recuerdos que a veces le emocionan y otras le enrabian. Es frustante pensar en tí. Sí. Es frustrante no poder quemarte en mi mente como fotos que se derriten a trozos en la chimenea que encendí y que combustiona mi alma. Ya no recuerdo tu figura. Se me han olvidado los tonos de tu susurro. Pero jamás podré olvidarte. Porque el yo de sin tí se alimenta de verte cada día como el último, como el primero. Aunque solo sea un leve recuerdo de lo que jamás pudimos vivir. Y ahora bien, dime: ¿Por que me quedé aquí sólo? ¿Dónde estás?

jueves, 23 de agosto de 2012

Creía.

Pensé que me quería. Pobre iluso pensé luego. Y tras tanto pensar, inundado en un mar de ideas que rebotaban en mi alma, llegué a una conclusión. A dos. Yo era demasiado poco para aquella musa. Ella era demasiado para mí. Pero nunca llegaría a saber lo que podía ofrecerle. Y eso me atormenta, y debería atormentarla. No le atormenta. El simple hecho, de que posiblemente se olvide de mí tras un minuto ya me punza el corazón. Quizá no haya pensado en mí ni ese minuto. Y si de parara a pensarme, a lo mejor encuentra esa, anulada de antemano, posibilidad de que la sorprenda. Pero nunca lo sabré, y eso duele.

    Y ya lo dijo Zenit: "No puedo competir con él, porque el tiene moto, pero el no puede como yo, ofrecerte el cielo."

jueves, 7 de junio de 2012

Una breve reflexión.


Y es que hoy no narro nada en absoluto y escribo en mi nombre, y en nombre de muchos. Este es mi Blog y puedo hacer lo que me plazca, por tanto hoy hablaré de nosotros, de los pocos que quedamos.

¿Quiénes somos nosotros? Somos aquellos que aún creemos que el amor es algo que existe y perdura, que el romanticismo es su más sentida explicación en un mundo que aún hoy no ha encontrado las palabras para definirlo y que nunca las alcanzará, pues el amor es diferente para todos e igual al mismo tiempo, pero no, no estoy aquí para debatir que es el amor sino para ponerme en defensa de todos los que pensamos, que en algún rincón del mundo existe aquella persona con la que levantarse cada mañana y plantearle tu mejor sonrisa. Muchos dicen que ha muerto y yo digo que sí, que ha muerto, que lo ha matado la sociedad materialista en la que convivimos hoy, esa sociedad que no piensa en otra cosa. Pero nosotros no estamos muertos, no, nosotros estamos en este mundo cada día intentando resucitarlo con la esperanza total de conseguirlo, aún sin haber obtenido nada todavía, sabiendo que en este momento, si alguien siente el amor de verdad, a su manera, estará orgulloso de leer esto. O eso espero.


   

domingo, 3 de junio de 2012

Promesas.

La calle era angosta, oscura, y podía percatarme del abrigo de miradas que me inundaban sin pudor alguno. Estaba allí por ella. Por la promesa que hizo. Por la promesa que hice. El tiempo parecía no transcurrir nunca. Confuso por no saber si ella llegaba tarde o si yo estaba allí muy pronto. Esperé una eternidad de minutos, infinidad de segundos que invadían mi alma de nerviosismo puro. Ella nunca llegó. Caían los primeros rayos del alba sobre mi más sentida tristeza, cuando destrozado por aquella promesa que había sido destrozada, encontré en el vestíbulo una epístola que rezaba: "Siento que no pueda ser así". No comprendía nada, con la mano trémula alcancé la carta y la leí.
       "Como habrás descubierto, no llegué a esa cita que tanto deseabas, por favor, todo he de explicártelo, pero debe ser en la parada del tren, pues me voy. No sin antes despedirme. Ven. Juro que estaré allí"
¿Podía fiarme de nuevo? Ya había soportado el primer envite y no quería ser víctima de otro embeleco como el que había sufrido. Pero no era la razón la que en ese momento dictaba mis actos. Aún con lágrimas de rabia en los ojos salí hacia la estación. Llegué jadeando, al borde de la asfixia. Postrada en aquel banco vi como su lacio pelo refulgía en aquella soleada tarde. La llamé con un sutil toque en el hombro. Se levantó y me miró. Sus ojos expresaban un miedo infundado. En un principio me trató de forma foránea. Luego me miró fijamente, con fuerza y comenzó:
-Tienes que dejar de quererme.
Esbocé una sonrisa.
-No se puede hacer eso...
-¿No te das cuenta? Me voy.
-Adónde. Si me lo dijeras podría acompañarte.
-El sitio al que voy no es el tuyo.
-Dime por qué te vas. -Suplicaba una explicación que no conseguía.
-No eres tú, es todo. Es la vida. Estoy cansada de ella. Quiero cambiar.
-Déjame cambiar contigo. -Mis súplicas comenzaban a convertirse en rabia.
-Deja de quererme, es todo. Me voy. -Un tren silbaba a lo lejos. -No me sigas hasta ese tren. Haz que desaparezca de tu mente.
-No, yo no quiero eso.
-Lo siento... -La lágrima que al final no pudo contener corría su maquillaje. -Adiós.
Me besó y emprendió el camino hasta el tren. Me quedé petrificado, viendo como se esfumaba. El tren no frenaba hasta unos metros después, pero ella no se detuvo a esperarlo, se arrojó a las vías y subió a un tren que sólo ella supo a dónde le llevaba. Un sitio que jamás en mi vida podría descifrar.
               "Juré que nunca la olvidaría, y lo prometido, es deuda"
                        

miércoles, 23 de mayo de 2012

Náufrago del sentimiento.

Gritando en voz baja, como podía, yacía postrada en aquella cama en la que finalmente sucumbiría al destino. La mirada se tornaba fría, se me hacía insoportable observar su desvanecimiento. Pensaba, para darme un pequeño ánimo que por lo menos estaría allí cuando todo terminase.

-¿Qué crees que habrá tras esto?-pregunté con la voz cortada y un nudo de lágrimas en la garganta.

-No me creo nada, tan sólo espero que sea sueño y placidez eterna. Pero lo más importante es, ¿Qué harás tú?

-¿Yo? Yo no puedo hacer nada, soy un náufrago.

-¿Un náufrago?

-Un náufrago del sentimiento. Tu te vas, a mi ya no me queda nada, éramos tu y yo.

-Pero para tí aún hay camino libre.

-Eso es erróneo, nuestra relación, tal y como está, siendo en este momento una conversación fría, pero cargada de amor, explica perfectamente que nuestra relación nos ha hecho uno, formado por dos. Otro, sin embargo, podría haberse asustado examinando lo que podía claudicar el destino. Te hubiera abandonado. Para mí eso ha sido imposible, porque me siento incapaz de abandonarme a mi mismo o a algo que forme parte de mi, no en cuerpo, sino en espíritu. Por lo tanto, si mueres, muere parte de mí. Parte de mis sentimientos naufragarían en el vacío de mi ser y todo de lo que me alegro en este espacio de tiempo al que llamamos vida, estaría hundido en tu muerte.

Su mano constriñó la mía, en un último soplo de vida. En realidad el óbito se había producido unos minutos antes, su rostro era ya inexpresivo. Sólo me queda el consuelo de que murió en mis brazos.

Cómo dijo Joaquín Sabina: "Porque el amor cuando no muere mata; porque amores que matan, nunca mueren."

sábado, 14 de abril de 2012

¿Esto qué es?

Esto, aquello, cada cosa que vivimos juntos y ahora son simples recuerdos, por lo menos para mí. Pero, ¿Qué fue para tí todo aquello? Quizá te baste con olvidarme como agua turbia, puede incluso que intentes mantener en silencio, intentar hacer callar en tu mente esas noches lúgubres que pasamos frente a un quinqué de luz ténue que no hacía mas que observar como nos debatiamos entre pasiones y sábanas blancas que se mezclaban con el sudor refulgente que se evaporaba en las brasas de nuestras almas, solo uno, hecho por dos que antaño no eran mas que desconocidos que cruzaron miradas sin sentido y, por lo tanto, llenas de locura. Ahora bien, si algún día vuelvo a verte y por mi cuerpo se recrea aquella electricidad que un día sentimos, por favor, quiero saber, y es mas, te lo exigiría, que ¿Esto qué es? Por qué te fuiste sin dejar rastro, tan solo tortura en el hondo de mi ser, sin escrúpulo alguno, no sé si insultando al amor, quizá pueda que temiendo enamorarte. Solo eso, amor mío, una explicación, no quiero nada mas. Solo debería darte un consejo, el amor nunca tiene, nunca tendrá su definición exacta, y eso es lo más bonito, eso es lo que no supiste apreciar.

        Te quiere, te espera, sueña        
contigo, este iluso que un día confió en tí.

lunes, 6 de febrero de 2012

Segunda Noche


Reconocí, al amanecer de aquella primera noche, su bella espalda dibujada frente a mí con una perfecta silueta que me alejó de la realidad y me transportó a un sinfín de sueños, que pasaban en menos de un segundo mientras yo permanecía despierto. Se levantó y dejo caer la fina sabana que llevaba, a la vista quedó nada más que ella, al completo. Aun hoy me gusta pensar que esa reacción fue causa de que no se daba cuenta de que seguía sumergida en mis aposentos, tragada por mi alcoba.
El sirviente, del que no me importa el nombre, nos trajo una bandeja repleta de fruta.
—Para el señor… y la señora —dijo
Ella, al notar mi presencia, más que soberana, y la del criado dio media vuelta y, acrobáticamente recogió  a la sabana defensora de sus carnes.
— ¿Qué vas a hacer ahora? —pregunté, con una delicada voz
— ¿Qué debo hacer? Esa es la principal pregunta. Podría quedarme, sí, pero quien soy yo para pasar en veinticuatro horas de simple doncella a marquesa.
— ¿Qué quién eres? Eres la mujer más bella que conozco, tanto por fuera como por dentro. —dije mientras acariciaba su finísima espalda.
No respondió, tan solo besó mi frente y salió a explorar mi inmensa casa, fue por los jardines, por los patios interiores, recorrió una infinidad de pasillos, algunos de los cuales yo me había olvidado. Miraba atónita a todo lo que allí se encontraba.
—Esto es un sueño. —suspiró
—Si esto es un sueño, por favor, mantenme dormido.
Horas después, mientras se disponía a cambiarse, besé su cuello y cogí de los extremos de las mangas del vestido y las bajé suavemente, hasta desnudarla. Me disparó una mirada felina y se lanzó, como una pantera hacia mí. La mujer que otrora fuese una simple doncella de Casas Reales, ahora se encontraba en mi alcoba, con sus nalgas descansando en mi pelvis, como muchas nobles puritanas hasta entonces hicieron en su día, pero, acababa de comprender que ella debía ser la única, la dueña de esa cálida alcoba de la que se exhalaban gritos de pasión.

                                 ‘Muchas veces después, me plantee y creeréis que me falta cordura, si ella era una simple Diosa griega que había bajado a luchar en la guerra de mis sabanas’.
                                                      Dedicado a Ernesto y Diego. Grandes