martes, 15 de diciembre de 2015

Qeovpneustos.

Antes de comenzar y como conclusión antecesora -de este: llámenlo relato si quieren-, intentar expresar la necesidad imperiosa que siento de no volver a forzarme a escribir por causa o motivo, no cabe incluso la satisfacción propia. ¿Cómo es posible? El adelantarse a un final desconocido siempre está mal, por tanto, permítame explayarme el querídisimo lector de este rincón, si es que existe alguno, habitual o efímero.


La palabra que precede y da título al relato, por llamarlo de alguna forma concreta insisto, no es mas que la palabra que nosotros conocemos por inspiración y en manos de la Biblia, su significado exacto la convierte en ´´aliento de Dios´´. Este aliento de Dios pretende certificar las Escrituras para revestirlas de perfección e inequívoca, valga en esta parte la redundancia, certeza. El que me conozca personalmente conocerá que mis inclinaciones hacia las deidades no reviste una creencia por cualquiera del abanico de posibilidades habido tanto en las sociedades antiguas como en el mundo contemporáneo. No soy ateo. Nos queda entonces el confesar debido a las pocas opciones más allá de las pre fijadas por la sociedad el vago vocablo hijo de la propia incertidumbre: soy agnóstico. Pero no. Interesante divagación que consideraba necesaria y por ello queda escrita, pero es la propia constitución de la expresión que define al concepto, ese ´´Aliento de Dios´´ el que aquí interesa. ¿Por qué hablaba de la pretensión de certificar un acto humano como perfecto? La respuesta es clara: Fue Dios el que movióse por los hombres para así asegurar que sus escrituras no dejaban duda alguna. Aunque esta afirmación en refiriendo al propio tema teológico revista una clara posibilidad de critica hacia la misma, la propia afirmación es bastante cierta, para mí, si la desgarramos del egocentrismo humano que nos conduce inexorablemente a considerarnos centro de todo y por tanto personificar seres que nuestro propio conocimiento y razón no pueden acercarse a elucubrar. Afirmo que podrá sonar hipócrita lo que sigue a esta afirmación, pero intentaré dejar clara la posición que mantengo sin que ningún párrafo pretenda contradecirse.

Ese aliento. es real. Bajo mi punto de vista al menos. Ahora bien, el problema radica en el propio ego. Para Osho, pensador indio, la personalidad que nos atribuimos nos condena a un ``pseudo yo´´. No quiero con esto menospreciar la expresión fundamental de Ortega y Gasset: Yo soy yo y mis circunstancias. Es cierto, pero en un plano social y frivolamente humano. Lo que pretendo es considerar que formamos parte de un todo, y ese todo abarca la más mínima partícula del cosmos infinito. Aquí es donde entra una idea, que a diferencia de las religiones fundamentales de las diversas sociedades, destruye la personificación dada a un ente considerado Dios. En la Capilla Sixtina por ejemplo, La Creación de El Sol y la Luna descubre a un Dios canoso y envejecido, por la inquebrantable sabiduría vital que proporciona la vejez en si misma. No obstante, bajo mi punto de vista, la idea de Dios debe ser la suma del todo igual a uno. Esta expresión quasi matemática viene a definir una idea abstracta sobre un concepto que necesitaba una humanización para advertirlo explicable ante todos los niveles socio culturales existentes tanto en el presente como en el pasado, y posiblemente en el futuro. Este ente personal, para mi da lugar a un ´´ente energético´´, donde el propio todo es un conjunto de partículas.  No pretendo llevarlo a un terreno Físico, pero como ejemplo es bastante fiable. Ahora bien, volvamos al tema central. Tal consideración me lleva ahora a meditar sobre la inspiración, ese fenómeno que lleva al momento preciso donde las palabras elevan su vuelo y no lo descienden tras una sugestión total de la persona, que se ve sorprendida por el hecho mismo de finalizar cualquier acto creativo, que le ha sobrevenido, prácticamente subconsciente. Las posibilidades de la creatividad, (aunque yo hable de palabras porque es mi práctica habitual) no creo en una duda sobre esto, abarcan todo lo realizable ya que es una característica misma de la propia imaginación. Pero la inspiración no. No es característico. Es recibido, es el propio todo penetrando tu ser, que forma parte igual del suyo hasta componerlo, y remueve esa creatividad para crear algo, algo nuevo. No se puede crear un edificio magnífico sin inspiración, la ejecución forzosa de la Mona Lisa hubiera dejado la obra de Da Vinci en un sin mas inexplicable. Dejaron atras el egoísmo que invoca al intento de perfección. Cualquier acto hecho para ser perfecto probablemente queda imperfecto para siempre. Todo gira en torno a tu pseudo-yo. Nos hemos acostumbrado y no nos damos cuenta. La crítica no duele porque sea una crítica, duele por el daño que percibe tu ego sobre ella. El criticador crítica porque así considera que va a elevar su ego a un punto más alto gracias a la condición de su intervención. No he puesto ningún interés en inculcar nada hablando sobre esto. Solo quiero compartirlo, porque quizá sea de todos, como parte de un conjunto de verdades relativas que nunca suman una verdad absoluta. Por lo tanto, es la permisiviad de la propia entrada de la inspiración en ti, rindindote así ante el todo mismo como la creatividad puede activarse. En un plano humano lleva tu firma, cualquier acto creativo quiero decir, pero para el todo, ese ´´Dios´´, es una creación mas debida a su propia existencia. Permite a la inspiración entrar. El truco es no pensar en nada o pensar en una cosa que te apasione, será difícil al principio, pero cuando el propio pensamiento se difumine tus palabras cobrarán la fuerza de la perfección, una perfección que no entiende de la estética que dirige la perfección egocéntrica de nuestro propio ser.

Decía Cervantes en el Quijote que ´´La alabanza propia envilece´´ y no quiero separarme de ese egocentrismo del que hablo, y obviamente reconozco estoy inmerso. De hecho, la probabilidad de que yo hubiera podido escribir este relato con cinco personas mirando hubieran sido, generosamente, de un cinco por ciento. Mi ego se hubiera visto alertado por las posibles discrepancias o críticas hacia mi trabajo, aun sin ser este objeto de satisfacción personal o inculcatorio. En este sentido, no sería la inspiración la que se hubiera visto afectada, hubiera sido la creatividad, parte de mi personalidad y por tanto de mi ego, de hecho, hubiera sido tan solo el ego, y la creatividad se hubiera visto dañada de forma colateral. Es, como define qeovpneustos, ´´El aliento de Dios moviéndose por los hombres´´ pero es a su vez, él mismo creando, para el todo. Y recuerdo haber dicho que no iba a ser hipócrita, ciertamente no lo he sido, pero la lectura puede perpetrar alguna duda. No digo que esta idea no sea criticable. De hecho lo es. Es, nada más que un intento de compartir con todos y el todo.


PD: Dejar claro, en el tema de la no hipocresía que venía advirtiendo ya desde el párrafo segundo es   que no creo que sea criticable desde el punto de vista Teológico clásico. Pero quizá me equivoque. En el tema de elucubrar para la razón creo que la diferencia radica en que los dioses clásicos son entes únicos, no descubiertos, ni tangibles. Aquí, es parcialmente tangible, puesto que se define como el todo, del que todo lo tangible (y probablemente lo intangible) forma parte de él y por tanto estamos siempre en contacto con él, pues formamos parte.

Que Jorge Luis Borges y Juan Rulfo sean vuestro regalo de Navidad.

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